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lunes, 26 de noviembre de 2012

DE GATOS Y RATONES (DOS CUENTOS EN RIMA)


Estos cuentos son un pedido especial de dos pequeños lectores y soñadores que me escribieron pidiéndome por favor que escribiera algo en rima, acerca de gatos o ratones ... bueno, una promesa es una promesa y aquí les dejo dos cuentos :D con todo cariño para Aby y Josué :)

GERARDO RATÓN

Autora: Elizabeth Segoviano Copyright©2012 TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS


El ratón Gerardo se siente resfriado,
Él quisiera comer un trozo de pan tostado.
Pero la abuela ratona le dice que no es una buena idea
Las migajas harán que su garganta le duela.

El ratón Gerardo pide entonces un tazón de rico helado de queso ... quizá con unas chispitas de chocolate y trocitos de nuez.
Pero la abuela ratona le dice que no es una buena idea
El helado le dará frío y no parará de estornudar hasta que su nariz termine hinchada y roja, como la del reno de navidad.

El ratón Gerardo se sigue sintiendo resfriado, pero sin pan tostado ni rico helado se acurruca bajo el edredón con su osito de peluche y un carrito de latón.
Entonces la abuela ratón le lleva una taza de espumoso y espeso chocolate caliente, con doce malvaviscos y también le lleva un viejo tocadiscos, y un gran libro de cuentos, una vela aromática de vainilla, una suave bufanda de estambre tejida, y pasa la tarde leyéndole cuentos a su nieto Gerardo ratón.

Para que se olvide del resfriado, del pan tostado y también del helado, que se los cambia por mimos, arrullos y besos hasta que sale la luna y los arrulla a los dos, para que al otro día cuando salga el sol, Gerardo el ratón y su abuela ratón puedan pasear por el parque hablando de las historias que la luna les contó, mientras saborean  él, un rico helado de queso con moras, y ella un sandwich helado de chocolate y vainilla ... ¡hey! ¡Después de todo Gerardo ratón ya no está resfriado!  





KATO EL GATO

Elizabeth Segoviano ©copyright 2012 TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS


Kato el gato está muy aburrido, solito en su habitación,
él sueña con un juguete nuevo .
Tal vez una guitarra para componer una canción.
O un gran almohadón de suave terciopelo con todo y edredón.
El quisiera algo divertido como una araña de peluche,
y un ratón de cuerda que no se resista y luche.


Kato el gato esta tan aburrido como un reloj de arena ,
ni siquiera le hace caso a su tazón de leche ... porque es
Blanca y aburrida.
Él desea leche rosada, morada o amarilla.

Kato el gato entonces mira por la ventana,
y ve la luna llena ¡cielos es tan grande, brillante, redonda y bella!
Kato piensa ¡si tan solo la luna fuera una bola de lana!
Kato el gato mira alrededor ,
El ve los viejos libros que cubren la habitación,
Kato quiere encontrar un libro mágico,
con  hechizos magníficos, exactos y fantásticos,
que le ayuden a convertir la luna en una gran bola de lana peluda.

Kato busca y lee, lee y busca.
Y de tanto leer y buscar se queda dormido .
El gatito sueña con que la luna se convierte en una pelota de lana.
Kato sueña que rueda la bola por todo el cielo y se enreda en las estrellas,
y se enreda en el sol, ya no queda ni una constelación.
¡Santo cielo! ¡cuánta confusión!



Kato el gato se despierta asustado.
¡Por todos los gatos! –dice Kato- ¡gracias al cielo que sólo era un sueño!
Quizá no es tan buena idea que la luna sea una bola de lana peluda.
Es mejor que se quede como una gran roca brillante.
Una que no sea rodante.

Kato el gato entoces piensa que es mejor ir a la cocina.
Ahí puede hacerse un sandwich de sardina.
O salir al jardín y recoger moras azules y rosas,
y otras tantas cosas.
Para pintar su leche blanca y aburrida.
¡Eso! –piensa Kato- ¡vamos a hacer la leche divertida!




jueves, 30 de septiembre de 2010

LA GÁRGOLA VERDE


LA GÁRGOLA VERDE


Autora: Elizabeth Segoviano
TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS SEP-INDAUTOR registro público 03-2011-101711562800-14

Entre inmensos y grises nubarrones se alzaba altivo el gótico castillo.
Con sus altísimos y coloridos vitrales y las amplias torres rodeadas de oscuros retorcidos corredores.

Pero lo que daba de verdad escalofríos no eran las extrañas sombras, los relámpagos ni truenos; tampoco el tenebroso eco que recorría los rincones.

Lo que hacía temblar hasta a los huesos eran los lastimeros gritos de una gárgola que cada noche en punto de las doce comenzaba su concierto de alaridos.

Mas no eran causados por un embrujo, maldición o hechizo ...
Las eternas quejas e interminables lloriqueos eran causa de la hora de la cena.

Pues a nuestra gargolita no le gustaba el menú; porque entre la sopa de Ñu, las chuletas de cocodrilo, el asado de avestruz y uno que otro filete de búfalo distraído, la gárgola se sentía infeliz.
Ya que sus tripitas chirriaban igual que una lombriz en el pico de una perdiz.

Su fría lenguita de gárgola no apetecía los viscosos platillos que cocinaba su tío, ni las chuletas ahumadas de su abuela malvada; tampoco la hirviente sopa que su mamá le daba en la boca.
¡No!
La gargolita pálida y gris añoraba cosas crujientes, jugosas, sabrosas ... algo que pudiera comer con un mondadientes.

Cosa más extraña no podía imaginar la familia Gárgola al notar que su hijita no era como los demás.

Así que una noche de torrencial tormenta el papá Gárgola voló hasta llegar a una montaña, hogar de una bruja hermitaña.
Allí la bruja le leyó los caracoles, la baraja, las runas, el té, el café ¡y hasta la planta de los pies!

Pero todo apuntaba sólo a una posible solución ...
¡Algo verde! –decía la anciana- muchas hojas, un par de tomates, berros silvestres, unos cuantos champiñones, un poco de brócoli, ramitas de apio, un diente de ajo; usted sabe, todo limpio, bien cortado y en un taco.

¡Cosa más rara!-exclamaba el papá-pues él no sabía cómo ni dónde buscar los vegetales que a su hijita podrían consolar.

Mas viendo la bruja la angustia del papá, su corazón añejo se ablandó igual que el queso, y tomando una canasta salió a su mágico huerto escogiendo vegetales grandes, jugosos y frescos.

Gracias miles-decía alegre el papá- ahora si su niña podría dejar de llorar.
De regreso en el castillo con los ingredientes, y pelando los dientes por el frío, papá gárgola se puso sus lentes, tomó el cuchillo y comenzó a picar un pepino muy fino.

Con un toque de sal, un chorrito de limón, y una pizca de comino en un elegante platón sirvió la verde ensalada sobre la enorme mesada.

Alrededor de los candelabros la familia entera rezaba por un milagro.
¡Que la niña comiera algo! Cualquier cosa ¡lo que fuera, incluso un nabo!

Entonces se sentó la pálida gargolita lista para llorar en cuanto le ofrecieran un costillar.
Pero enorme fue su sorpresa al ver sobre la mesa la verde y apetitosa ensalada, y más allá había dulsísimas rodajas de piña para contentar a la niña, y también un poco de kiwi y cerezas para la dulce princesa que gustosa engullía lechuga, pepinos, espinacas y albahaca.
Risas y cantos se escucharon por todo el castillo ¡viva! ¡viva! ya no había alaridos ni llanto.
La gárgola era feliz con su barriguita llena de germen de trigo y té de anís.

Y felices eran todos porque la hora de la cena ya no era una tortura ni una pena.

Entre inmensos y grises nubarrones se alza altivo el gótico castillo.
Hogar de la única y original gárgola verde que no tiene igual.