jueves, 15 de diciembre de 2016

¡DEJA QUE NIEVE!

En un antiguo bosque mágico del que hoy sólo el viento sabe susurrar su nombre, se alza espléndido un palacio que ante los ojos humanos no es más que una montaña, pero sus torres, almenas, deslumbrantes salones y jardines son el hogar de la reina Qüilyra Lallare, soberana de aquel milenario bosque. La reina Lallare alguna vez había sido designada por todos los arcángeles como la protectora de todos los seres mágicos y de todas las criaturas inocentes, no importaba que tan grandes o tan diminutas fueran. Por ello su reino era bien conocido como un santuario entre elfos, duendecillos, unicornios, sirenas, luciérnagas, faunos, libélulas, aves, y por supuesto, hadas.

Qüilyra Lallare, era una reina trabajadora, amable y justa. Igual se le podía ver sentada en el trono, reunida con los espíritus elementales de la tierra, que codo a codo con los duendecillos sembrando y cosechando las parcelas que les darían sustento durante el invierno, o cantando arrullos para los botones de flores ... aunque también se le podía ver haciendo guardia junto a las brujas buenas en las torres para salvaguardar los límites del santuario y el bienestar de todos los seres que en él habían encontrado un hogar.


Entre los habitantes del bosque se encontraba una pequeña hada de nombre Änathiz, quien no sabía muy bien cuales eran sus dones, pues aún no llegaba a la edad adulta, por lo que sus poderes a veces eran muy débiles o demasiado fuertes e incontrolables, pero siempre cambiantes; un día podía hacer crecer los árboles y otro hacía llover a cántaros, o su voz hechizaba a la luna y los animales o simplemente no ocurría nada.
Sin embargo eso no desanimaba al hadita Änathiz, y se ofrecía a yudar a todos en lo que pudiera, en especial a la reina Qüilyra, por quien sentía una gran admiración.

Aquel invierno parecía haber llegado a la mitad del otoño, y todo mundo tuvo que redoblar esfuerzos para recoger la cosecha, pero era tan agradable estar todos resguardados en el inmenso palacio, al calor de las cien chimeneas, escogiendo los granos, moliendo el trigo  y la cebada, haciendo mermeladas, horneando pan, haciendo sopa de hongos, envasando miel, haciendo velas, mezclando inciensos y secando hojas de té, que todos se sentían bendecidos por tener un hogar acogedor y amigos a quienes podían llamar familia, que no importaban las largas horas de trabajo, y menos aún cuando la reina Qüilyra amenizaba el día contando historias y entonando bellas canciones en las que todos los demás hacían el coro.


Fue un día de diciembre, en el que el frío y los fuertes vientos azotaban con fuerza puertas y ventanas que se alcanzó a escuchar una nota musical proveniente de un arpa, era una sola nota, pero tan hermosa y llena de sentimiento que todos en el castillo guardaron silencio, todos excepto la reina Qüilyra, quien ordenó que abrieran el castillo de inmediato, así que dos faunos que hacían guardia liberaron los seguros del portal y entró un ángel envuelto en una capa blanca de alguna tela que brillaba como las estrellas, y le entregó a la reina un pergamino.


Änathiz de inmediato corrió a la cocina y le llevó al ángel un tazón de leche caliente con especias endulzado con miel, al tiempo que le hacía una reverencia, él ángel, conmovido por el dulce gesto del hada le sonrió y gustoso comenzó a beber mientras acariciaba dulcemente la frente de la pequeña Änathiz, en ese instante el hadita sintió como si la luz de todas las estrellas recorriera sus venas y sus pequeñas alas crecieron hasta igualar las de las águilas. -¡gracias! – decía el hada revoloteando por todo el castillo.


 -Qeridos míos – comenzó a decir la reina Qüilyra, hemos recibido magníficas noticias de tierras muy lejanas, los ángeles me han escrito para decirme que hoy ha nacido el niño Dios, nuestro redentor, nuestro Rey de reyes, hoy será un día de fiesta y agradecimiento por esta buena nueva, pero también quiero que todos hagan un regalo, uno que venga de lo más puro de sus almas y corazones, para que nuestro querido ángel se lo haga llegar a nuestro niño Rey.

Al escuchar aquella noticia, todas las criaturas del castillo sonrieron y se abrazaron, y corrieron a confeccionar sus regalos.
Las sirenas y duendecillos poseían piedras preciosas que pulieron y guardaron en delicados cofres finamente tallados por los faunos, las aves, luciérnagas y libélulas hicieron atrapa sueños mágicos que colgarían sobre la cuna del bebé, las brujitas buenas le dieron al ángel finas botellas con arco iris y los unicornios le susurraron al oído del ángel unas canciones tan bellas y antiguas que solo la luna sabía, el ángel prometió ir a cantárselas al bebé cada noche.
La reina le ofreció al bebé su bosque entero, su magia, su sabiduría y su espada, así todos reunieron hermosos obsequios ... todos menos Änathiz quien  se encontraba angustiada pues no tenía nada que ofrecer al niño Dios.
-          Su majestad –explicaba Änathiz– yo solo puedo ofrecer mi vida a nuestro Rey, pues no poseo nada más.
-          Tu servicio y tu don son más que suficiente pequeña Änathiz – dijo el ángel –
-          ¿Mi don mi señor? Me temo que no poseo uno, yo quisiera regalarle al niño Dios algo hermos y único ... pero no tengo nada.
-          Ven con nosotros pequeña –le pidieron la reina y el ángel– viajarás con nosotros a ver a nuestro Rey.

El ángel cubrió con su capa a la reina Qüilyra y a Änathiz y en un santiamén se encontraron en tierras lejanas, en humilde pesebre en el que una dulce mujer mecía en brazos a un bebé hermoso.
Änathiz no podía creer que en aquel lugar hubiera nacido el  niño dios, mas al verlo, sintió tanta ternura y amor por la criatura que no pudo resistir besarlo en la frente, luego se arrodilló y le ofreció al niño su servicio y su vida, pero el hadita estaba tan conmovida que se llevó las manos al rostro para cubrir sus lágrimas, y de repente éstas se convirtieron en un par de copos de nieve, eran hermosos y únicos e hicieron al bebé sonreír.

-          Este es  tu don Änathiz, tu puedes crear nieve, y los copos son diminutas obras de arte, con tu magia, desde ahora en adelante anunciarás al mundo que el invierno llega y con él, el dulce recordatorio de que nuestro Rey ha nacido.
-          ¡gracias! – exclamaba el hada– yo haré los más hermosos copos de nieve para que al verla repiquen las campanas del mundo anunciando que nuestro Rey ha nacido.
-          ¡deja que nieve Änathiz! –decía la reina– ¡deja que nieve y celebremos!


Desde aquel día cada diciembre los bellos copos hechos a mano por el hada del invierno nos avisan que ya viene, ya viene la fecha en la que recordamos el nacimiento del niño Dios. Y que para honrarlo tan solo debemos regalarle al mundo los dones que nos han sido concedidos.
TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS ELIZABETH SEGOVIANO              copy right© 2016



 




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