miércoles, 15 de julio de 2020

EL CATALEJO LAPISLÁZULI PARTE III




EL CATALEJO LAPISLÁZULI

PARTE TRES

LATITUD, LONGITUD Y UN SECRETO SUSURRADO

 

 

Bruno tomó con fuerza la mano de su mamá como solía hacerlo desde muy pequeño para cruzar una calle. Esta vez se sujetó aún más fuerte esperando correr lo más rápido posible en medio de la lluvia para llegar a la estación de autobuses y emprender el largo regreso a casa. Sin embargo, la señora Ruthelina, a veces si prestaba mucha atención y sabía que su hijito había tenido un día muy largo y difícil. Lo último que necesitaba era volver a empaparse en la lluvia helada para subir a un autobús lleno de gente que lo apachurrara. Las mamás entienden muchas cosas sin que uno las diga, nos conocen bien, pueden leernos como si fuéramos la página de un libro ¡si eso no es magia, no sé que será!

La señora Ruthelina abrió un gran paraguas transparente con dibujos de ranitas y con su brazo libre abrazó a Bruno. La humedad del ambiente hacía que el pelo y la ropa de la señora Ruthelina desprendieran delicadamente el perfume de flores de naranjo que se ponía cada mañana. Bruno cerró los ojos, no porque estuviera asustado, sino porque deseaba disfrutar ese momento, el olor a lluvia que había limpiado la ciudad, el calorcito rico que sentía al estar abrazado a su mamá y el aroma de su perfume lo hacía sentir en casa aunque estuvieran parados en la calle.

Un taxi se detuvo y la señora Ruthelina abrió la puerta para Bruno, el niño se metió sin chistar, y se dirigieron a casa en el taxi seco y limpio que ronroneaba como gato. La señora Ruthelina metió la mano en uno de los bolsillos de su gabardina y sacó una cajita dorada ¡eran bombones de chocolate! El camino a casa se volvió más corto y placentero comiendo bombones y Bruno contándole todo a su mamá acerca de la librería Siempre Abierta, el gatito inteligente y Tolvedier con su misteriosa personalidad . La magia que el niño había encontrado aquella tarde, parecía continuar, pues su mamá lo estaba escuchando con atención, y le contó que cuando ella era niña había leído ese libro de la vuelta al mundo en ochenta días y que era muy interesante y divertido, y así como así, llegaron a casa. Bruno pedía en su mente una y otra vez que por favor, por favor la magia de aquel día durara un poquito más.

 

Luego de lavarse y cambiarse, Bruno bajó a la cocina para ayudarle a su mamá a abrir las latas que debían calentar para la cena; pero inmensa fue su sorpresa cuando vio a su mamá leyendo una receta del libro obsequiado por Tolvedier. Aquella tarde lo pasaron muy divertidos preparando pizza, jugando con la masa e inventando combinaciones rarísimas, pero deliciosas. La tormenta había convertido un muy mal día en uno de los más alegres que Bruno había tenido en mucho tiempo.   

Pero lo único cierto acerca de la felicidad, es que llega a ratos, en gotitas, se asoma y se esconde; ¡así como hacen los fines de semana! Sábado y domingo todo es alegría y felicidad, hasta que llega el lunes y debemos ir a la escuela. (pero no se preocupen, la felicidad siempre regresa, una y otra vez). La mágica tarde de Bruno llegó a su fin, porque el teléfono de la señora Ruthelina comenzó a sonar, y eso significaba que eran asuntos de trabajo. Cuando eran esos asuntos, el mundo entero debía esperar, Bruno incluido.

Esta vez el niño no se enojó, ni protestó. Sabía que su mamá debía atender el trabajo, aunque ella estuviera ocupada no significaba que no lo quisiera; de hecho era todo lo contrario, porque lo amaba tanto, la señora Ruthelina trabajaba largas horas, para poder ofrecerle todo lo que le hacía falta y otras cosas, como viajes en taxi y bombones de chocolate. Por ese mismo motivo, su papá se había ido a trabajar a otra ciudad, para que pudieran tener una casita linda y acogedora y otras cosas, como uniformes y cuadernos, y libros de aventuras. Eso lo entendió Bruno por primera vez, y pensó que también debía ser gracias a la magia de Tolvedier.

¡TOLVEDIER! Con tanta felicidad a Bruno se le había olvidado por completo el regalo del simpático librero. De inmediato tomó los libros y subió corriendo a su habitación. Lo primero que hizo fue buscar el broche, en efecto, estaba ahí. Tenía la forma de una mariposa con pequeñas estrellas en sus alas, era dorado. Constaba de muchas piezas, todas eran móviles, eso puso muy nervioso a Bruno porque las cosas bonitas y delicadas de alguna forma, siempre terminaban hechas pedacitos en sus manos. Dejó el broche sobre su buró, bajo la luz de la lámpara se reflejaban pequeños destellos dorados por toda su habitación.

El libro de mapas encuadernado en cuero, era pesado. Se dividía en cinco secciones: Mapa de la ciudad, que se podía desplegar y tenía fotografías de calles y edificios famosos, y luego venían las secciones que Bruno jamás había imaginado que existían, como, mapas de las nubes, de las constelaciones y dos secciones aún mas peculiares, mapas de los sueños y de los hilos rotos o enredados.

Cada mapa estaba muy detallado, tenía frases escritas por todos lados, muchas marcas, y símbolos y una tabla llena de números que decía: “latitudes, longitudes y número de pulsaciones por sueño”.

Bruno no entendía muy bien que significaba todo eso o para qué servía el broche, de nueva cuenta lo tomó, al revisarlo notó que las diminutas estrellas en las alas de la mariposa dibujaban una constelación sobre el mapa. Decidió buscarla en la sección de constelaciones ¡pero eran tantas! ¿cómo podría encontrar una sola constelación así? Bruno pensó que si tenía el mapa, debía haber una forma, solo tenía que aprender a leerlo, justo como dijo Tolvedier. Seguro que todo lo que necesitaba venía dentro de ese libro, así que regresó al principio y notó que para buscar algo en específico debía fijarse muy bien en las coordenadas dibujadas en los mapas. Cada línea marcaba una latitud y una longitud; o sea la distancia de norte a sur y de este a oeste para buscar una posición en un mapa, o en el planeta.

Luego de buscar un buen rato, Bruno notó que la constelación que buscaba era una llamada Ursae Minoris, mejor conocida como osa menor.

                                                   constelación de la Osa Menor

 ¿Osa menor? -Susurró Bruno. Al hacerlo, el broche de mariposa se estremeció y comenzó a transformarse así como lo hacen los juguetes mecánicos, poco a poco la forma de mariposa se convirtió en una estrella que se movía como lo hicieron los engranes y resortes en la librería Siempre Abierta. La estrella se metió dentro del libro de mapas y se quedó muy quieta. El niño, sorprendido, abrió la página y notó que estaba marcando un dibujo de una estrella muy brillante, la estrella del norte.

¿Y todo eso qué significaba? ¿para qué servía? Definitivamente tendría que regresar a la librería Siempre Abierta, porque ese misterio tenía que resolverlo. Además Bruno quería aprender a hacer la misma magia que Tolvedier, aunque él dijera que no era mago.

Bruno abrazó el libro y se quedó dormido, en sueños susurró las palabras “Osa Menor” y el broche volvió a moverse, esta vez se posó sobre el pecho de Bruno, justo sobre su corazón y  tuvo un sueño maravilloso en el que volaba por el cielo, entre estrellas, sobre la inmensa ciudad. Abajo, todos reían y lo vitoreaban.

CONTINUARÁ...

1 comentario:

  1. Muy buena idea lo de dejar el final abierto. Menos mal que la mamá de Bruno le quería porque yo, al principio pensé que no le hacía mucho caso.Muy bonito el cuento. Se te dan muy bien los cuentos de estrellas.
    Un abrazo.

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