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sábado, 1 de agosto de 2020

El CATALEJO LAPISLÁZULI PARTE IV

EL CATALEJO LAPISLÁZULI






PARTE CUATRO

POLARIS

 

Tolvedier y el gatito Sherlock habían estado esperando ansiosos varios días alguna noticia de Bruno. Cada noche, en el segundo piso de la librería Siempre Abierta, que era su casa, el muchacho desenrollaba un gigantesco mapa en el que llevaba mucho tiempo trabajando. Constaba de varios pliegos de pergamino en los que Tolvedier había dibujado un mapa muy complejo. Le había llevado al menos cinco veranos trazar la mitad de éste. Era un mapa que requería de trazos muy precisos y mediciones certeras, pues no era algo común y corriente. Era un mapa de “Dorímas”.

Los Dorímas son personas muy especiales, tienen el poder de soñar hasta seis o siete veces más de lo normal, por lo que ellos se encargan de brindar sueños a aquellas personas que por algún motivo, no pueden, o han olvidado como soñar.

Bruno, acorde a las muchas mediciones que había llevado a cabo Tolvedier, era un Doríma con la capacidad de soñar doce veces más que cualquier otro. Bruno igualaba el poder de ensoñación de Tolvedier.

Desde que los mapas lo habían dirigido hacia Bruno, Tolvedier estaba emocionado . Por fin podría tener un aprendiz y enseñarle al niño todo lo que él había aprendido de su abuela y de su madre. Aunque, todavía faltaba la prueba final. Si Bruno era realmente un Doríma tan especial, podría activar la llave que Tolvedier le había regalado y también descifraría el mapa de Polaris.

 

 

Con el inicio del verano, Bruno tenía más tiempo para estudiar los mapas. Hasta ahora podía entender bien los mapas de la ciudad, y los de las nubes. Aunque éstas siempre cambian de forma con el viento; acorde al libro, sólo las ráfagas del norte pueden esbozar dragones. Las del sur, grandes animales, como, jirafas, elefantes o ballenas. Las ráfagas del este trazaban perritos, gatos, pájaros, ratones o peces. Las del oeste eran las más complejas, porque podían transformarse en cualquier cosa: castillos, rostros, flores, paisajes o incluso letras.


Pero lo que en verdad no entendía, era el dichoso mapa de los hilos rotos o enredados. Aquellas hojas parecían una madeja de estambre con la que jugó un gatito travieso como Sherlock.

Bruno estaba armándose de valor para decirle a su mamá que ya no quería ir  más a la oficina de ella, pues se aburría y cansaba mucho. Como era verano, la escuela había terminado, y él debía ir a la oficina de su mamá todos los días porque ella no quería dejarlo solo. La verdad, es que Bruno quería pasar el día en la librería de Tolvedier, pero temía que su mamá no le diera permiso.

 

Esa noche, Bruno sacó el mapa de las nubes, tomó el broche entre sus manos y susurró: “Osa Menor”. El broche se sacudió ligeramente, y comenzó a vibrar haciendo un zumbido igual al de un abejorro feliz. Aquel movimiento le hacía cosquillas al niño en las manos, gradualmente esas cosquillas se convirtieron en un hormigueo que recorría todo su cuerpo. Bruno cerró los ojos sintiendo esas vibraciones que ahora se expandían por su pecho, era algo agradable. Empezó a soñar despierto, a soñar que otra tormenta volvía a guiarlos a él y su mamá a la librería, soñó con todo su corazón que Tolvedier le dejara pasar las tardes ahí.

El broche brilló como lo hacen las luciérnagas, y de apoco todas las piezas se movieron hasta quedar convertido en una. Ésta se posó sobre una nube de dragón del mapa, sobre el papel, la nube comenzó a volar. Bruno abrió los ojos ¡No sólo lo había imaginado! ¡La nube en el mapa se movía!

El niño sintió que debía soñar y desear con todas sus fuerzas que esa enorme nube dragón llena de lluvia se moviera sobre su ciudad:

“ Vuela dragón, escucha mi voz, manda tu tormenta en mi dirección, remueve los obstáculos, guía nuestros pasos, llévame a donde quiero estar yo”.

Las palabras de Bruno comenzaron a surtir efecto sobre la nube en el mapa, y ésta comenzó a batir sus alas hasta situarse en las calles entre su casa y la librería, el broche entonces se convirtió en un pequeño reloj y marcó las tres de la tarde. Bruno supo que a esa hora el día siguiente sin duda alguna, estaría de regreso en la librería siempre abierta.

 

Sucedió tal cual si estuviera escrito en un libro. Cerca de las tres de la tarde, él y su mamá hacían algunos mandados, cuando el cielo comenzó a oscurecer. Bruno miró las nubes. ¡Ahí estaba! ¡una gigantesca nube en forma de dragón! Incluso parecía mover la cabeza saludando al niño. Nuestro joven amigo sonrió y se dispuso a abrir el paraguas de su mamá. La señora Ruthelina se extrañó porque no estaba lloviendo, pero en cuanto su hijo abrió el paraguas, un chubasco se soltó, ambos corrieron un par de calles, la lluvia era tanta, que uno no podía ver más allá de sus pies. La señora Ruthelina se recargó en una pared tratando de guarecerse del agua y ¡pum! Se fue de espaldas hacia el piso de, nada más y nada menos que, la librería Siempre Abierta.

-¡Madame Ruthelina! -exclamó Tolvedier mientras le ofrecía la mano a la señora para levantarse- ¡qué manera tan original de entrar tiene usted! No tenía que hacer eso. Yo le dije que si la puerta estaba cerrada solo debía tocar el timbre. Recuerde que siempre estamos abiertos. Pero como sea, me da gusto volver a verlos.

-¡Señor Polvorón! No estoy muy segura de como llegamos aquí.

-Quizá la tormenta los trajo madame Roncolina.

-Ruthelina, señor Olivar, si me hace el favor.

-Si, si, eso dije madame Brillantina. ¡Pero que modales los míos! ¿qué les ofrezco?  ¿Té, café, chocolate, atole?

-No se moleste señor ... -Tol-ve-dier interrumpió el joven- si, si, señor Olivier. Verá tenemos cosas que hacer, debo regresar a la oficina.

-Pero madame Cangurina, siempre hay tiempo para una taza de ... ¿café? ¿qué tal un delicioso capuccino? La casa invita.

-¡Por favor mami! -rogaba Bruno-

-Está bien, muchas gracias señor Olvidador, un capuccino suena genial.

-Capuccino a la orden ¿y tú Bruno?

-¡Un té Chai por favor!

-¡Excelente elección jovencito! Ya bajo con sus bebidas. Mientras tanto, creo que hay cierto amiguito peludo que quiere saludarte Bruno.

 

El gatito Sherlock corrió al mostrador junto a Bruno y restregó sus bigotes en su cara, chocaba su cabeza gentilmente contra la del niño y ronroneaba tan fuerte que parecía tener un pequeño motor en su pecho.

Cuando Tolvedier bajó con las bebidas calientes, le ofreció una silla a la señora Ruthelina pues traía puestos unos zapatos de tacón bastante alto. Eran lindos, pero no parecían muy cómodos. Al ver la silla, madame Ruthelina sonrió y al beber el primer sorbo de café, su cara de alivio lo decía todo.

-Bruno -decía Tolvedier- ¿qué te parece si dejamos que tu mamá descanse un poco y tu yo recorremos los pasillos de la librería?

-¡Claro!

-¡No, no! -dijo la señora Ruthelina- cariño, tenemos que irnos ya, hay que regresar a la oficina.

-Bueno -interrumpió Tolvedier- Madame Ruthelina, si lo que quiere es que Bruno esté en una oficina, aquí tengo una, de hecho toda la librería es mi oficina. Así que no se preocupe, puede regresar por Bruno cuando salga de su trabajo.

-¡Si, mamá por favor!

-Es usted muy amable señor Topeador, pero Bruno es muy inquieto, no quiero que lo moleste.

-No es molestia, es buen muchacho y, a decir verdad, necesito un ayudante madame. Alguien que me ayude a clasificar las novedades, verificar los pedidos y le rasque la pancita al gato.

-¡Por favor mami! -rogaba el niño-

-No lo sé, aún es muy pequeño para tanta responsabilidad señor Trovador.

-Madame ... madame ¿qué responsabilidad? Si los libros se caen no se rompen, si un pedido llega equivocado, se regresa y si al gato no le gusta que le rasquen la panza, pues saldrá corriendo. Creo que a Bruno le gustan los libros, al gato y ami nos gusta Bruno, necesito ayuda y usted necesita regresar a su oficina y concentrarse en lo suyo.

¿Por qué no lo deja esta tarde? Si a él no le gusta, o a usted no le gusta, o el gato se molesta, bueno Bruno regresará a trabajar con usted. ¿qué le parece? Además, el niño no trabajará gratis, recibirá un pequeño sueldo semanal y todo el té chai y los libros que quiera. Oiga, acéptelo, es más de lo que gana el gato.

-Di que si mamá, por favor.

Está bien. Señor Tortolón, ustedes ganan, pero Bruno tendrá que llamarme tres veces al día.

-¡Lo haré, lo haré! -gritaba emocionado el niño-

-Muchas gracias por el café, y tu hijito, pórtate bien, si algo se te ofrece o hay problemas, me llamas inmediatamente. Y no vayas a romper un libro, ni al gato.

-Seré cuidadoso mamá, lo prometo.

-Prometo cuidar muy bien de Bruno madame. No se preocupe, también puede llamarnos en cualquier momento, o venir a revisarnos cuando quiera. Bruno me recuerda mucho a mi hermano, y creo que me ha recordado mi propia infancia.

-Esta bien señor Trombón, regresaré a las siete en punto.

-Esta vez toque el timbre, no caiga de sentón en mi librería.

La señora Ruthelina sonrió, tomó su bolso, le dio besitos a Bruno, acarició ligeramente al gato, y se despidió de Tolvedier. En cuanto ella cruzó la puerta Bruno sacó el broche de mariposa que ahora era una luciérnaga y dijo: ¿qué significa el mapa de los hilos rotos? ¿y qué quiere decir POLARIS?

-¿POLARIS? Bueno, mi joven amigo, POLARIS es la clave de todo.

-¿Todo qué?

-¡Todo Bruno! De todo el poder y la magia que posees.

CONTINUARÁ...

PARTE 5:https://sognareprofundere.blogspot.com/2020/10/el-catalejo-lapislazuli-parte-v.html

PARTE 3:https://sognareprofundere.blogspot.com/2020/07/el-catalejo-lapislazuli-parte-iii.html

 

   

 

 

 

  

 

 

miércoles, 15 de julio de 2020

EL CATALEJO LAPISLÁZULI PARTE III




EL CATALEJO LAPISLÁZULI

PARTE TRES

LATITUD, LONGITUD Y UN SECRETO SUSURRADO

 

 

Bruno tomó con fuerza la mano de su mamá como solía hacerlo desde muy pequeño para cruzar una calle. Esta vez se sujetó aún más fuerte esperando correr lo más rápido posible en medio de la lluvia para llegar a la estación de autobuses y emprender el largo regreso a casa. Sin embargo, la señora Ruthelina, a veces si prestaba mucha atención y sabía que su hijito había tenido un día muy largo y difícil. Lo último que necesitaba era volver a empaparse en la lluvia helada para subir a un autobús lleno de gente que lo apachurrara. Las mamás entienden muchas cosas sin que uno las diga, nos conocen bien, pueden leernos como si fuéramos la página de un libro ¡si eso no es magia, no sé que será!

La señora Ruthelina abrió un gran paraguas transparente con dibujos de ranitas y con su brazo libre abrazó a Bruno. La humedad del ambiente hacía que el pelo y la ropa de la señora Ruthelina desprendieran delicadamente el perfume de flores de naranjo que se ponía cada mañana. Bruno cerró los ojos, no porque estuviera asustado, sino porque deseaba disfrutar ese momento, el olor a lluvia que había limpiado la ciudad, el calorcito rico que sentía al estar abrazado a su mamá y el aroma de su perfume lo hacía sentir en casa aunque estuvieran parados en la calle.

Un taxi se detuvo y la señora Ruthelina abrió la puerta para Bruno, el niño se metió sin chistar, y se dirigieron a casa en el taxi seco y limpio que ronroneaba como gato. La señora Ruthelina metió la mano en uno de los bolsillos de su gabardina y sacó una cajita dorada ¡eran bombones de chocolate! El camino a casa se volvió más corto y placentero comiendo bombones y Bruno contándole todo a su mamá acerca de la librería Siempre Abierta, el gatito inteligente y Tolvedier con su misteriosa personalidad . La magia que el niño había encontrado aquella tarde, parecía continuar, pues su mamá lo estaba escuchando con atención, y le contó que cuando ella era niña había leído ese libro de la vuelta al mundo en ochenta días y que era muy interesante y divertido, y así como así, llegaron a casa. Bruno pedía en su mente una y otra vez que por favor, por favor la magia de aquel día durara un poquito más.

 

Luego de lavarse y cambiarse, Bruno bajó a la cocina para ayudarle a su mamá a abrir las latas que debían calentar para la cena; pero inmensa fue su sorpresa cuando vio a su mamá leyendo una receta del libro obsequiado por Tolvedier. Aquella tarde lo pasaron muy divertidos preparando pizza, jugando con la masa e inventando combinaciones rarísimas, pero deliciosas. La tormenta había convertido un muy mal día en uno de los más alegres que Bruno había tenido en mucho tiempo.   

Pero lo único cierto acerca de la felicidad, es que llega a ratos, en gotitas, se asoma y se esconde; ¡así como hacen los fines de semana! Sábado y domingo todo es alegría y felicidad, hasta que llega el lunes y debemos ir a la escuela. (pero no se preocupen, la felicidad siempre regresa, una y otra vez). La mágica tarde de Bruno llegó a su fin, porque el teléfono de la señora Ruthelina comenzó a sonar, y eso significaba que eran asuntos de trabajo. Cuando eran esos asuntos, el mundo entero debía esperar, Bruno incluido.

Esta vez el niño no se enojó, ni protestó. Sabía que su mamá debía atender el trabajo, aunque ella estuviera ocupada no significaba que no lo quisiera; de hecho era todo lo contrario, porque lo amaba tanto, la señora Ruthelina trabajaba largas horas, para poder ofrecerle todo lo que le hacía falta y otras cosas, como viajes en taxi y bombones de chocolate. Por ese mismo motivo, su papá se había ido a trabajar a otra ciudad, para que pudieran tener una casita linda y acogedora y otras cosas, como uniformes y cuadernos, y libros de aventuras. Eso lo entendió Bruno por primera vez, y pensó que también debía ser gracias a la magia de Tolvedier.

¡TOLVEDIER! Con tanta felicidad a Bruno se le había olvidado por completo el regalo del simpático librero. De inmediato tomó los libros y subió corriendo a su habitación. Lo primero que hizo fue buscar el broche, en efecto, estaba ahí. Tenía la forma de una mariposa con pequeñas estrellas en sus alas, era dorado. Constaba de muchas piezas, todas eran móviles, eso puso muy nervioso a Bruno porque las cosas bonitas y delicadas de alguna forma, siempre terminaban hechas pedacitos en sus manos. Dejó el broche sobre su buró, bajo la luz de la lámpara se reflejaban pequeños destellos dorados por toda su habitación.

El libro de mapas encuadernado en cuero, era pesado. Se dividía en cinco secciones: Mapa de la ciudad, que se podía desplegar y tenía fotografías de calles y edificios famosos, y luego venían las secciones que Bruno jamás había imaginado que existían, como, mapas de las nubes, de las constelaciones y dos secciones aún mas peculiares, mapas de los sueños y de los hilos rotos o enredados.

Cada mapa estaba muy detallado, tenía frases escritas por todos lados, muchas marcas, y símbolos y una tabla llena de números que decía: “latitudes, longitudes y número de pulsaciones por sueño”.

Bruno no entendía muy bien que significaba todo eso o para qué servía el broche, de nueva cuenta lo tomó, al revisarlo notó que las diminutas estrellas en las alas de la mariposa dibujaban una constelación sobre el mapa. Decidió buscarla en la sección de constelaciones ¡pero eran tantas! ¿cómo podría encontrar una sola constelación así? Bruno pensó que si tenía el mapa, debía haber una forma, solo tenía que aprender a leerlo, justo como dijo Tolvedier. Seguro que todo lo que necesitaba venía dentro de ese libro, así que regresó al principio y notó que para buscar algo en específico debía fijarse muy bien en las coordenadas dibujadas en los mapas. Cada línea marcaba una latitud y una longitud; o sea la distancia de norte a sur y de este a oeste para buscar una posición en un mapa, o en el planeta.

Luego de buscar un buen rato, Bruno notó que la constelación que buscaba era una llamada Ursae Minoris, mejor conocida como osa menor.

                                                   constelación de la Osa Menor

 ¿Osa menor? -Susurró Bruno. Al hacerlo, el broche de mariposa se estremeció y comenzó a transformarse así como lo hacen los juguetes mecánicos, poco a poco la forma de mariposa se convirtió en una estrella que se movía como lo hicieron los engranes y resortes en la librería Siempre Abierta. La estrella se metió dentro del libro de mapas y se quedó muy quieta. El niño, sorprendido, abrió la página y notó que estaba marcando un dibujo de una estrella muy brillante, la estrella del norte.

¿Y todo eso qué significaba? ¿para qué servía? Definitivamente tendría que regresar a la librería Siempre Abierta, porque ese misterio tenía que resolverlo. Además Bruno quería aprender a hacer la misma magia que Tolvedier, aunque él dijera que no era mago.

Bruno abrazó el libro y se quedó dormido, en sueños susurró las palabras “Osa Menor” y el broche volvió a moverse, esta vez se posó sobre el pecho de Bruno, justo sobre su corazón y  tuvo un sueño maravilloso en el que volaba por el cielo, entre estrellas, sobre la inmensa ciudad. Abajo, todos reían y lo vitoreaban.

CONTINUARÁ...

PARTE 4: https://sognareprofundere.blogspot.com/2020/08/el-catalejo-lapislazuli-parte-iv.html

PARTE 2 : https://sognareprofundere.blogspot.com/2020/07/el-catalejo-lapislazuli-parte-ii.html


domingo, 5 de julio de 2020

EL CATALEJO LAPISLÁZULI parte II

EL CATALEJO LAPISLÁZULI


LES SUGIERO LEER ESCUCHANDO EL VIDEO QUE ESTÁ AL FINAL :D





PARTE 2

SIEMPRE ABIERTA

 



-Tolvedier, es mi nombre, soy librero, bibliotecario e inventor. Ávido lector, músico de corazón, buen dibujante, gran navegante, artista y a veces cantante. Soñar es mi profesión y ésta es mi librería y también mi mansión. ¿Y usted, joven amigo quién es? ¿Y cómo es que terminó golpeado, empapado, triste, cabizbajo y medio ahogado, tirado en la calle como un pobre escarabajo? -Decía un joven de veintitantos años con el pelo azul y ojos grises, enfundado en un elegante traje a rayas, un reloj con leontina dorado y una corbata roja.

-Yo, yo -titubeaba el niño- Soy Bruno, estudio el quinto grado en el colegio San Racoon. Tenía que llegar a casa, pero la tormenta ...

-¡No se diga más! -decía alegre el joven Tolvedier. Las tormentas, Bruno, pueden ser muy peligrosas. En especial si rugen, no como rugen los leones, sino como un monstruo sacado de las leyendas griegas. Esas tormentas son de temer, no importa si estás en el mar, en la cima de una montaña, o atascado en una inmensa ciudad plagada de acero y concreto. Aunque también es sabido que una salvaje tormenta puede llevarnos a lugares más tranquilos, diferentes, incluso mágicos.

-¡Eso mismo decía mi abuelo!

-Pues tu abuelo es muy sabio Bruno.

-Era -dijo entristecido el niño-

Tolvedier lo miró con ternura, puso su mano en el hombro del chico, le sonrió y dijo : “ La energía no se crea ni se destruye, solo se transforma”. Tu abuelo no se ha ido Bruno, somos energía. Eso quiere decir que tan sólo nos transformamos. Yo creo que ahora mismo tu abuelo es parte de esta tormenta, parte lluvia, relámpago y trueno. Parte luz y viento, parte una nueva estrella que te ve desde el firmamento. Y, por supuesto, es parte de ti. Tu abuelo es un trocito de tu corazón y gran parte de tus recuerdos. También lo encontrarás en tu futuro, pues todo lo que hagas y la persona en la que te conviertas, será gracias a la vida de tu abuelo.

 

El niño sonrió por primera vez en todo el año. Aquellas palabras eran magia pura para su corazón adolorido. No todos los adultos se toman el tiempo de hablar con los niños. En la mayoría de las ocasiones, los adultos solo dan órdenes: haz esto, haz aquello, guarda silencio. O dicen frases como: “ve a ver la tele, los niños no entienden, eres muy chiquito”. Y luego los adultos hacen cosas tontas y desagradables, como darle a los niños golpecitos en la cabeza, despeinarlos cual si fueran mascotas o jalarles los mofletes hasta que se les ponen rojos.

Muchos adultos no entienden que los niños saben más de lo que creen, comprenden muchas cosas. Solo hay que hablar escogiendo las palabras correctas y tener un poquito de paciencia. Claro, muy pocos adultos conocen muchas palabras que sean correctas, y ya casi no les queda paciencia.

Tolvedier no era como esos adultos. Él escuchaba, se notaba que sabía muchas cosas. quizá era porque estaba rodeado de tantísimos libros, quizá porque era inventor y artista o porque había algo en él que estaba hecho de magia. La magia existe. Aún en este mundo y este tiempo, pero solo pueden verla aquellos que están dispuestos a creer.

Bruno seguía sonriendo pensando en las palabras de Tolvedier.

-¿Usted inventó esa frase? ¿La de la energía que no se destruye?

-¡Me encantaría decirte que si! -decía el joven mientras le daba a Bruno una toalla limpia y esponjosita para que se secara- pero no, el autor de tan grandes palabras era un químico francés llamado Antoine-Laurent Lavoisier.

-Yo todavía no estudio química, hay mucho que no sé.

-Hay muchas cosas que no sabemos, Bruno, para eso es la escuela y los libros. ¿Te gusta leer?

-¡Mucho! Tengo bastantes, pero no tantos como todos lo que tiene usted aquí.

-Por favor, dime Tolvedier. Parece que has tenido un día bastante malo ¿eh?- Decía el joven mirando la manita lastimada del niño, su labio hinchado, los lentes rotos, el uniforme desgarrado y su mochila inundada- primero lo primero, vamos a poner la tetera para entrar en calor. No hay nada que una buena taza de té, o café no puedan mejorar.

-Mi mamá no sabe hacer té, bueno, lo hace pero no queda sabroso. Siempre pedimos comida a domicilio o comida de lata ¡también hay té de lata!

-Eso no puede ser delicioso Bruno.

-Es lo que mamá sabe hacer, abrir latas.

-Bueno, eso es mejor que nada, pero hoy probarás un verdadero té muy rico y especial.

Tolvedier se quitó el saco, arremangándose la camisa y se apresuró hacia una bellísima escalera de caracol. Se escuchaba perfecto cómo llenaba la tetera y la ponía al fuego. Al cabo de unos minutos, el joven bajó con una charola de cristal precioso que hacía bailar el reflejo de las luces por toda la librería; en ella había dos tazas de un té muy oscuro pero que olía riquísimo, leche y galletitas de mantequilla que de inmediato hicieron a la barriguita de Bruno rugir como un pequeño león, cosa que avergonzó al niño, pero Tolvedier no le dio importancia. Tan solo sacó de su escritorio un botiquín de primeros auxilios y curó el labio y la mano del niño. Luego le sirvió el té con mucha leche calientita y azúcar morena.

-Es té chai -decía Tolvedier agregando azúcar a su taza- es muy famoso este té en la India, tiene muchas especias ricas, a mí me gusta porque sabe a otoño, y en días lluviosos y fríos es como beber un abrazo. Cuando uno tiene un mal día es bueno beber algo reconfortante porque de repente, todo mejora un poquito ¿no crees?

-Si -murmuraba Bruno pegándole tremendos mordiscos a las galletitas. Era cierto. Sentado entre tantos libros y con ese té delicioso, Bruno había olvidado sus preocupaciones. Ya no se acordaba que estaba perdido ni que se habían arruinado su uniforme y sus útiles.

-Bruno ¿qué te parece si llamas a tu mamá para que venga a recogerte y mientras tanto, quiero que recorras la librería y escojas algún tomo que te guste. -la cara del niño primero se iluminó y luego una sombra de tristeza lo nubló todo.

-Si señor- dijo cabizbajo.

 

Mientras Bruno marcaba el número de su madre en el teléfono de la librería, Tolvedier tomó su relo de bolsillo, lo abrió con cuidado, dejando al descubierto otro compartimento secreto que abría únicamente con la llave en forma de broche que prendía de su corbata. Se acercó el reloj a los labios, susurró algunas palabras y las luces de la librería comenzaron a parpadear como si la electricidad estuviera fallando. Todo quedó a oscuras por varios minutos. Bruno no terminó de marcar el número de su madre, agarró con ambas manos la bocina del teléfono y se la pegó el pecho, igual que uno se aferra a su peluche favorito, porque la oscuridad es tenebrosa.

El niño cerró los ojos, cosa que hacía cuando se sentía asustado. Entonces escuchó unos ruidos muy extraños. La librería entera se estremecía un poco, era apenas perceptible. Sonaba como trozos de metal entrechocando, pero suavemente, como cascabeles o campanillas de viento.

Los ojos de Bruno se ajustaron a la penumbra y vio con claridad cómo del elegante reloj de Tolvedier, salían estas piezas diminutas, engranes, tornillos, resortes. Todas esas pequeñas piezas saltaban por el piso o volaban, también salían del gran reloj en una de las paredes de la librería, de los barandales de hierro de la escalera; incluso de la caja registradora. Cada una de esas piezas de metal asemejaba un montón de luciérnagas o catarinas, abejitas o escarabajos. Cada uno rodeó a Bruno y comenzaron a arreglar su uniforme desgarrado y los lentes estrellados. Otro montón de piezas mecánicas se arremolinó en su mochila, dejándola impecable, al igual que sus cuadernos, libros, colores y el teléfono celular, que volvió a encender como si nada le hubiera ocurrido.

Las luces parpadearon una vez más, y luego todo regresó a la normalidad. El niño miraba a su alrededor buscando esos engranes y tornillos que habían arreglado sus cosas, pero ya no estaban, no podía verlos. Al otro lado del pasillo, Tolvedier sonreía misteriosamente mientras cerraba su reloj.

-Bruno, llama a tu mamá antes de que preocupe.

-¡Esto es magia! -gritó feliz Bruno- Tolvedier ¿eres un mago?

-¿Un mago? Hmmm, pues no lo había pensado ... veamos, soy librero, bibliotecario e inventor. Ávido lector, músico de corazón, buen dibujante, gran navegante, artista y a veces cantante. Soñar es mi profesión. No, parece que no soy mago Bruno.

-¿Pero si no es magia como lo hiciste?

-La magia, joven amigo, existe, aunque no seas mago. Algunas veces basta con creer que lo imposible puede suceder.

-Pero ...

-Ahora apresúrate a escoger un libro antes de que vengan a recogerte -interrumpió Tolvedier dándole un buen trago a su té-.

Bruno miró los diferentes pasillos habitados de bellos libreros de roble que llegaban hasta el techo. Cada repisa colmada de libros. ¡Había tantos! No sabía cual escoger, había de caballeros, dragones, dinosaurios, leyendas del oriente, cuentos medievales. El corazón del niño latía con fuerza porque de verdad amaba los libros. Eran como viejos amigos que siempre te esperan con los brazos abiertos para llevarte a una aventura.


Bruno pasaba los dedos por las repisas, acariciando el lomo de los libros, cuando de repente, dejó de sentir las portadas de papel o cuero y sintió algo muy peludo. Un precioso gato negro con su pelaje bien brillante, e intensos ojos color ámbar, miraba al niño con sorpresa y un poco de enojo, porque Bruno estaba sujetando su cola. Al darse cuenta, el niño soltó de inmediato la cola del gato. Éste saltó a otro librero, se estiró, bostezó y luego ¡zaz! Dejó caer un par de libros desde las más altas repisas haciendo que el golpe seco se escuchara como la pisada de un dinosaurio.

Tolvedier corrió para ver que había sucedido, mas al darse cuenta de que el culpable, era el gato, simplemente sonrió.

-Veo que ya conociste a Sherlock.

-¿Sherlock?

-Si, es igual de listo que ése famoso detective, Sherlock Holmes, y prácticamente también es dueño de la librería, digamos que somos socios. Sherlock conoce este lugar tan bien como yo, incluso mejor. Él sabe con exactitud que libro necesita cada cliente. Veamos que es lo que Sherlock te recomienda. Muy interesante, mira, un libro con los mapas de la ciudad y la historia de sus calles, incluye fotografías. ¡También te recomienda una novela muy buena! “La vuelta al mundo en ochenta días” de Julio Verne ¿ya la habías leído Bruno?

-No, no señor.

-Dime Tolvedier, eso de señor no me gusta mucho, suena a alguien muy serio que haba de cosas muy aburridas. Esta novela, mi joven amigo, no tiene nada de aburrida ¡es un gran clásico! Esto es lo que Sherlock recomienda, pero claro, puedes elegir otra cosa.

-Pero, el gato eligió dos libros, no tengo dinero para pagarlos.

-No te preocupes, yo no sólo vendo libros, les busco un hogar. Y sé que le darás buen uso al libro de mapas, así ya no te perderás y aprenderás mucho de la ciudad en donde vives, porque eso de confiar en los teléfonos celulares para guiarse no es tan buena idea. A veces uno necesita papel, algo tangible, algo a lo que no se le vaya la señal, se le pierda el WI-FI, o debas recargar a cada rato. Y la novela, presiento que te va a gustar. Habla de un gran viaje, y a ti te gusta mucho viajar ¿no es así?

-La verdad no he podido viajar mucho.

-¿Cómo? ¿No habías dicho que te encanta leer?

-¡Si, por supuesto!

-Pues leer es equivalente a viajar Bruno, un buen libro te lleva a lugares increíbles aún cuando te quedes en casa. Nada, escúchame bien, absolutamente nada puede detener tu imaginación. ¡Cuántas aventuras he vivido con estos viejos amigos! He sido pirata, le he dado la vuelta al mundo entero, he acompañado a los más famosos caballeros de la mesa redonda, asistí al baile de cenicienta, conocí a cierto cuervo de un famoso poema. ¡He sido amigo de gigantes y montado legendarios dragones y cientos de aventuras más!

Bruno podía ver que, al igual que él, Tolvedier también consideraba a los libros buenos amigos.

 

-¡Hola! ¡Buenas tardes! -decía una dama bajita de grandes rizos rebeldes que se le pegaban al rostro- ¡Bruno! ¿Dónde estás?

-¡Es mi mamá! -decía el niño apresurándose a la entrada de la librería-

-Buenas tardes madame, Tolvedier, es mi nombre, soy librero, bibliotecario e inventor. Ávido lector, músico de corazón, buen dibujante, gran navegante, artista y a veces cantante. Soñar es mi profesión y ésta es mi librería y también mi mansión. Y usted debe ser la mamá de Bruno.

-Si, soy Ruthelina -decía la señora un poco confundida-

-Madame Ruthelina, Bruno se encuentra bien, tan solo se perdió y estaba empapado y asustado, pero ya se ha secado y está listo para ir a su casa.

-Lo siento mamá -decía Bruno- no sé que pasó, me perdí.

-Ay mi corazón, no volveré a dejarte solo, todavía estás muy chiquito, esto es mi culpa.

-En realidad, madame Ruthelina -interrumpió Tolvedier- fue culpa de la tormenta, si pueden desviar a las bandadas de pájaros de sus rutas y confundir a los grandes navíos, ¡imagínese lo que le puede hacer a un niño de once años! Bruno se norteó. En esta ciudad, donde todas las calles se parecen, es fácil perderse si uno no ha aprendido a leer mapas ¿no está usted de acuerdo?

La señora Ruthelina no comprendía muy bien lo que estaba sucediendo. Ella era uno de esos adultos que dicen frases tontas y hacen cosas desagradables: como jalarle los mofletes a los niños. A ella, como muchos otros adultos, las palabras de los niños le entraban por una oreja y le salían por la otra. Tolvedier lo sabía ¡incluso el gato Sherlock lo sabía! Por ello el gatito decidió terminar aquella conversación dejando caer otros dos libros. El primero era El principito, de Antoine De Saint- Exúpery porque quizá con las bellas palabras que contenía aquel libro ella podría ver lo que es realmente importante; y el segundo libro era uno de recetas de cocina para principiantes.

-¡Oh mire lo que ha traído el gato! -exclamaba Tolvedier- mientras metía en una bolsa los libros para Bruno y para su mamá.

-Es usted muy amable señor Valverde, pero no es necesario.

-El nombre correcto es Tol-ve-dier, madame Ruthelina, y no es gran cosa, vayan a casa, disfruten los libros y vuelvan cuando quieran. Mi librería siempre está abierta, como dice el letrero, siempre abierta ... y si no lo está, sólo toque.

-De verdad no es necesario señor Barba verde.

-Insisto madame Rumiantina.

- Ruthelina, señor.

-Eso dije, madame Bambalina.

-Pero señor Torcedor, no puedo pagar los libros.

- Llévelos, son un regalo, especialmente el de cocina, anden, vayan a casa, disfruten los libros, aprenda a cocinar madame Ratolina, vuelvan cuando quieran. ¡Mi librería siempre está abierta! Decía con una enorme sonrisa Tolvedier deslizando discretamente el broche de su corbata en el libro de mapas de Bruno.


-Estudia los mapas Bruno, estoy seguro de que encontrarás grandes sorpresas. Uno nunca sabe cuando podría empezar una gran aventura. Memoriza los mapas mi joven amigo, no lo olvides. Sherlock y yo te estaremos esperando ¡porque mi librería siempre está abierta!

Bruno había notado que aquel misterioso y simpático joven había deslizado algo entre los libros, y deseaba llegar a casa lo más pronto posible para averiguar que era...

CONTINUARÁ...

PARTE 3 AQUÍ:https://sognareprofundere.blogspot.com/2020/07/el-catalejo-lapislazuli-parte-iii.html

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si les gustó la música no olviden visitar el canal de estos artistas https://www.youtube.com/user/Balti26000

miércoles, 19 de diciembre de 2018

EL MISTERIOSO CASO DE LOS MONSTRUOS NAVIDEÑOS, CAPÍTULO 3


EL HORRIPILANTE CASO DE LOS MONSTRUOS NAVIDEÑOS
CAPÍTULO 3
¡MÍRENSE AL ESPEJO!


La señorita Blizter se había ido con Santa Claus y el duende Rÿpaliik en el helicóptero para sobrevolar Ciudad Hegozentre y tratar de localizar a la dichosa bruja, mientras Al Foxter y Kickster recorrían a pie el vecindario, tocando en las casas aledañas, preguntando a la gente alguna información útil acerca de su “mágica” vecina, así comenzaron a resolver el rompecabezas que era el misterioso caso de los monstruos navideños, que con cada hora se ponía peor, porque más niños se convertían en monstruos que atacaban a sus padres, a sus propias mascotas, hermanos, abuelos y a cualquiera que se les atravesara, peleaban, mordían, arañaban, lanzaban babas y ponzoña y tenían aterrados a cientos de habitantes en tres diferentes ciudades vecinas, si no lograban encontrar a la bruja pronto, no quedarían niños en el mundo, tan solo monstruos deformes y agresivos que la fuerza policíaca en las ciudades había comenzado a repeler con gas pimienta, tanques de agua, espumas inmovilizantes y armas sónicas que hacían huir a las bestias.
A pesar de que el caso era muy difícil, Alondra Foxter sabía que podía resolverlo, porque como su abuelo solía decir, lo imposible sólo requiere un poco más de tiempo y una gotita más de esfuerzo (¡seguro que no era una frase suya! pero era una buena frase) y Alondra estaba dispuesta a dar más que una gota de su esfuerzo. Así, tocando puertas, hablando y de vez en cuando hackeando algunos teléfonos descubrió que la bruja en cuestión se llamaba Peribelle Vandalay, y era una brujita bastante ocupada, pues además de hacer lecturas de cartas y manos, limpieza del aura y oficiar ceremonias espirituales, también daba clases de ballet y era maquillista profesional ¡bingo! La pieza que conectaba los tres primeros casos, ella conocía a todos los niños, Atreya Kobinzka, Bruno Pralinëé y era vecina de los gemelos Mcmuscle.
La primer pieza ... ¿y el resto de los niños en las otras ciudades?  -pensaba Al– bueno, paso por paso Alondra, primero encuentra a la bruja.

Alondra Foxter abrió la cerca del jardín de Peribelle Vandaly se aproximó a la puerta de la casa, removió el broche con el que sostenía su corbata y lo introdujo hábilmente en la cerradura, sacudiéndolo un poco hasta que escuchó un chasquido, tomó a su gato en brazos y entró a la casa de la bruja.
Era un lugar acogedor, tenía chimenea, olía a incienso de vainilla y sándalo, y las múltiples macetitas esparcidas por doquier le daban un toque fresco y armónico, los libros de su biblioteca eran de magia wiccana,(magia blanca centrada en honrar y cuidar la naturaleza) hechizos para alejar pesadillas, técnicas de meditación, novelas románticas, los libros de Harry Potter en edición de lujo, y sobre el atril una bellísima y antigua edición de Cuento de Navidad, de Charles Dickens ... ¡en ese cuento el viejo Scrooge sí que recibe una lección! –recordó Alondra– ¿eso lo que intentas Peribelle? ¿Darles una lección?
Kickster el gato se trepó al sillón de la sala de estar, olisqueó los cojines y luego se puso a revisar la casa, en el segundo piso el gato entró corriendo a un closet y se puso a maullar para llamar la atención de su ama. La investigadora corrió escaleras arriba, abrió el closet, no tenía más que abrigos, bufandas, mascadas y capas, pero el gato entró y con sus finas patitas “amasó” una de las duelas del piso, ésta cedió y al hacerlo una nueva puertecilla se abrió al fondo del guardarropa, después de recorrer un angosto pasillo llegaba a un ático, ahí, sentada en un tapete persa estaba Peribelle Vandalay, sosteniendo un hermoso espejo con un gariboleado marco de plata.
Alondra Foxter encendió su linterna y el gato se quedó atento, con la cola tensa, y la mirada fija en la bruja.
-            ¿Peribelle Vandalay? –dijo Al–
-            ¿Ha venido a arrestarme?
-            No, no soy oficial de policía, trabajo con ellos ... y con alguien muy interesado en restaurar el orden y la paz, ya sabe, en especial porque ya casi es Navidad ... estoy aquí para hacerle unas pregun...
-            ¡ESE ES EL PUNTO! –gritó Peribelle Vandalay– al tiempo que Kickster comenzaba a erizarse y mostrar sus colmillos, hecho al que la bruja reaccionó con miedo y cautelosamente se puso de pie, guardando buena distancia entre ella y el gato –.
-            ¿Por qué no me explica lo que tiene en mente señorita Vandalay?
-            Lo haré ... con una condición ...
-            ¿Cuál es?
-            ¡MÍRESE AL ESPEJO! –gritó la bruja a todo pulmón mientras sostenía en alto su antiguo espejo, reflejando el rostro de Al Foxter… o al menos el de la máscara que llevaba puesta.

Al se miró al espejo esperando ver en la pulida superficie alguna visión o quizás una ilusión ... o algo, pero nada sucedió.

-              ¡QUÍTESE LA MÁSCARA QUE LLEVA! ¿ACASO ME CREE TONTA?
-            Felicidades señorita Vandalay, usted es de las pocas personas que lo ha notado, está bien, me la quitaré, aunque solo para demostrarle que no le tengo miedo y no tengo nada que ocultar.
-            ¿Es una chica? –susurró desconcertada la bruja – pero su voz ... es de hombre ... ¿cómo es eso posible?
-            ¡Ja! que gracioso ¿mis “ilusiones” sorprenden a la bruja? ¡Ja! es un simple modulador de voz que llevo en mi corbata
-            ¡BASTA DE TONTERÍAS! ¡MÍRESE AL ESPEJO! –una vez más Alondra se miró, sus refinados rasgos femeninos se reflejaron, pero no pasó nada más.
-            ¿Qué quiere que mire señorita Vandalay?
-            No me lo creo ... pero es cierto ... usted sí que es especial.
-            Eso siempre lo he sabido señorita, y jamás he necesitado de ninguna bruja que me lo confirme.
-            No ... usted no comprende, hechicé este espejo para que al verse en él la gente mire su verdadero interior, la verdadera naturaleza de sus almas ... si son almas retorcidas, codiciosas, egocéntricas, malvadas o mal intencionadas verán sus rostros deformados ... monstruosos, y eso los convierte en verdaderos monstruos.
-            ¿Y por qué se los muestra a los niños? Los niños son inocentes.
-            ¡NO! ¡NO LO SON! Los niños  SOLÍAN ser inocentes, ahora no son más que un montón de pequeños monstruos codiciosos, desconsiderados, no les importan sus padres, solo quieren regalos y más regalos ... ¡y ya ni siquiera son caramelos y juguetes! Quieren cualquier cantidad de objetos absurdos y costosos ¡y la manera en la que tratan a sus padres! ¡Y con cada día que se acerca la Navidad se ponen peor! Les gritan a sus padres, les dan órdenes, y les entregan esas interminables listas de obsequios ridículamente vacíos. Ahora los niños ya ni siquiera saben lo que significa la Navidad. Para ellos solo es otra fecha en la que los centros comerciales se atiborran de baratijas carísimas que anhelan tener para botar a la basura en cuanto anuncian nuevas fruslerías.
-            No todos los niños son así señorita Vandalay
-            Tiene razón ... ¡algunos son peores!
-            Sólo son niños, se emocionan con la magia de la Navidad y los regalos y Santa Claus ...
-            ¡No! no es así señorita, antes era más que suficiente regalar caramelos y unos cuantos juguetes que quizá no eran muy costosos pero que eran del corazón de los padres, era suficiente cocinar una cena deliciosa y pasar el rato en familia, romper una piñata, entregar una cartita tierna y sensata a Santa, beber ponche o chocolate e ir a la cama soñando con las luces del árbol navideño y escuchar la historia de cómo en un día así había nacido el niño Dios. Ahora los niños no saben nada  ¡y no les importa! ¡Son monstruos! ¡Y LA GENTE NECESITA VERLOS COMO REALMENTE SON!
-            Quizá algunos niños si son demasiado superficiales y egocéntricos, pero eso también es por la educación que reciben ... ya sabe “mono hace, mono dice” ... ¿Y cómo es que yo no me convertí en monstruo señorita Vandalay?
-            Porque usted tiene un alma buena, un corazón bien intencionado ... usted si sabe de lo que se trata la Navidad, usted no la compra en un centro comercial.
-            ¿Y todos los niños deben convertirse en monstruos?
-            No
-            Porque ya tenemos tres ciudades repletas de horripilantes criaturas y dudo que usted y su espejo puedan viajar a la velocidad de la luz ... ¿o pueden?
-            No ... son los ojos de los monstruos, si uno se mira en ellos el hechizo del espejo sigue surtiendo efecto.
-            ¡Oh! ¡Que astuta! Y dígame ¿los adultos también se convertirán en monstruos? ¡Porque hay cada gente!
-            Si, también los adultos ...
-            ¡DEBE DETENER ESTA LOCURA! –gritó Santa Claus– irrumpiendo en el ático
-            ¿Santa? –preguntaba asombrada la bruja–
-            ¡Esta no es la forma Peribelle! Tu siempre has sido tan buena, tan tierna ...
-            ¿Me recuerdas?
-            ¡Por supuesto!
-            ¿Y si lo haces cómo es que te alejaste de mí?
-            Peribelle ... yo no me alejo de nadie ... es solo que al crecer no todos los niños siguen creyendo en mí, o en la magia y sus ojos se cierran a ese otro mundo que muy pocos pueden ver toda su vida.
-            ¡Pero yo creo en la magia!
-            No Peribelle, tú sabes que existe y puedes canalizarla, pero no crees del todo.
-            Es difícil creer cuando la realidad te arrebata lo que más quieres.
-            ¿Y qué es eso Peribelle? –preguntaba Santa acercándose lentamente a la bruja, mientras le quitaba el espejo y le daba un sentido abrazo–
-            ¡Mis padres! Perecieron en un accidente ... desde entonces nada ha sido igual.
Alondra Foxter sintió una pequeña punzada en el pecho, aquella pérdida la conocía bien, ella también había perdido a sus padres a muy temprana edad, pero las cosas habían sido diferentes para ella, sus abuelos maternos la criaron con el mismo amor que lo habrían hecho sus padres, y ellos siempre fomentaban sus sueños, sin importar lo locos que fueran, quizá las cosas habían sido completamente diferentes para Peribelle Vandalay ... pero lo que había hecho no estaba bien ... era cierto que la mayoría de los niños hoy en día sólo están interesados en obtener regalos, y que muchos ignoran el significado de la Navidad ... quizá Peribelle únicamente deseaba hacer entender a los niños que deberían apreciar lo que tienen cuando lo tienen, porque ¿a quién le importa tener el teléfono más inteligente y costoso del mundo si no tienes a tus padres, o hermanos (aunque sean latosos) ¿qué importa tener todos los juguetes y “gadgets” de última generación si no tienes a alguien que te abrace y te guíe, alguien que te regañe porque le importas ... los niños a veces en su inocencia no comprenden que al tener a su familia, grande o pequeña, raros o loquillos, son realmente afortunados, que ese es el regalo más hermoso que cualquiera puede recibir.
Quizá ahora que los niños habían pasado algún tiempo como monstruos podrían apreciar un poco mejor lo afortunados que eran ... si es que alguna vez regresaban a la normalidad.

-            Señorita Vandalay –interrumpió Al Foxter– ¿cómo arreglamos esto? Ya casi es Navidad ... ¿acaso los niños no merecen una segunda oportunidad? Además el tiempo corre para usted también.
-            ¿A qué se refiere?
-            Mi gato, las brujas buenas no tienen nada que temer a los gatos, y sin embargo usted le teme.
-            ¡No sea ridícula! Incluso las brujas malas tienen gatos negros ...
-            ¡Error! Las brujas malvadas poseen un pequeño demonio que cambia de forma, a veces es gato, otras sapo o murciélago, incluso una serpiente, le apuesto a que si intenta salir de esta casa va a terminar lastimada.
-            ¿Qué dice?
-            LAVANDA Y SALVIA, son plantas mágicas que dan la bienvenida a las brujas buenas, pero a las malvadas les causan un terrible escozor y no pueden cruzar los límites que resguardan las plantas, sentirá que le falta el aliento, tendrá un horrible sarpullido, sudará copiosamente y le dará una fiebre que la hará alucinar terribles pesadillas.
-            ¡Yo no soy una bruja malvada!
-            En teoría ... no lo es ... sin embargo su magia ha cambiado, no es exactamente magia blanca ... y dígame ¿qué pasa cuando la magia de una bruja buena se hace oscura?
-            ... el ... el corazón de la bruja se oscurece
-            Así es, la magia blanca tiene solamente una regla ¿no es así señorita Vandalay? ¿Cuál es?
-            Haz lo que quieras mientras no te hagas daño a ti misma ni a alguien más.
-            Pero eso no es lo que usted ha estado practicando  ¿o sí?
-            No…
-            ¿Por qué no bajamos de este ático y salimos al jardín?

Al llegar al jardín, donde se encontraban las plantas de lavanda y salvia, ocurrió exactamente lo que Alondra Foxter había predicho, escozor, sarpullido, sudor, falta de aliento, Peribelle Vandalay se asustó y corrió al interior de su casa, lejos de las plantas, se sentó en las escaleras y comenzó a sollozar ... ¡ella me dijo que esto no pasaría! ¡Ella dijo que todo estaría bien!
-             ¿Quién se lo dijo señorita Vandalay? –preguntaba ansiosa Al Foxter- ¿Quién la convenció de hacer esto?
Peribelle Vandalay le arrebató el espejo a Santa, lo miró fijamente y la bruja antes buena se convirtió en un horripilante monstruo cuyo único resquicio humano eran las botas que traía puestas.
CONTINUARÁ...